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Hace algunas semanas que pensé en escribir sobre este tema: “cinco cosas que pasaron por mi mente al dar a luz”; me di cuenta de que, aunque fue hace menos de un año, no recordaba específicamente pensamientos que hubiera tenido ese día, excepto uno: Dios, más bien, lo que recordaba era una sensación en general que mezclaba alegría, nervios, emoción, temor y a la vez paz.

Por María Luisa Osácar

Cada parto es distinto. Para algunas mujeres es un proceso rapidísimo mientras que para otras se convierte en uno más largo y, que en algunos casos, termina siendo una cesárea. Sea como sea, puedo asegurar que todas las mujeres pensamos algo en común durante ese momento: el bienestar de nuestro bebé.

En mi caso, desde la primera contracción hasta que conocí a mi bebé pasaron más de doce horas y muchas cosas distintas durante el día. Pero, ¿cuáles fueron esas cinco cosas que pasaron por mi mente? Intentaré recordarlas haciendo junto a ustedes un recorrido del día en que conocí a mi pequeño.

¿Lo que estoy sintiendo son contracciones?

Todo empezó muy temprano, un día normal en el que nos tocaba una de nuestras últimas citas al doctor, pues ya era prácticamente la última semana. Parece que mi pequeño sabía que iríamos al hospital ese día y dijo: «¡para qué hacerlos ir dos veces, mejor aprovecho y nazco hoy!» Así es que el día arrancó con pequeñas contracciones que al pasar las horas se fueron haciendo cada vez más seguidas y fuertes.

Es mi primer bebé, no tenía idea de lo que sentiría cuando fuese el momento de dar a luz. Al ver que las pequeñas ráfagas de dolor se daban en intervalos de tiempo iguales, le dije a mi esposo, creo que estoy teniendo contracciones. Llamé a mi doctor y me dijo que me quedara tranquila y fuera a mi cita de rutina programada a la una de la tarde.  Como se imaginarán, tuve muchas horas para pensar durante toda esa mañana.

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¡Espérate un poquito en salir! 

Fueron horas eternas, donde uno de mis mayores pensamientos era que mi bebé se esperara un poquito en salir, hasta que mis padres llegaran a la ciudad pues se encontraban en el interior. No sé si les pasa a ustedes, pero cuando te sientes mal, por más viejos que seamos, no hay nada como tener a mamá cerca, ¿verdad? En el momento más importante de tu vida, donde no solo te sientes mal físicamente, sino que también estás llena de emociones indescriptibles, tener a tu familia allí es algo que te da tranquilidad.

¿Tenemos todo listo? ¿Cómo me veo?

Mientras esperaba, me puse a anotar que tan rápido iban las contracciones y a repasar mentalmente lo que llevaba al hospital en la maleta, pues, mi instinto me decía que ese día iría a mi cita médica pero no regresaría a casa hasta unos días después acompañada de mi bebé.

Al mismo tiempo, y aunque parezca una locura, por momentos salía ese yo un poquito vanidoso y entre algunas de las contracciones pensaba: ¿será que tengo tiempo de ir al salón? Realmente no esperaba que ese día llegara mi pequeño, así es que mi pelo estaba hecho un desastre y como se imaginarán, quería salir presentable en las fotos. Luego tuve un momento de lucidez y me di cuenta que no era una de mis mejores ideas. Si las contracciones se aceleraban, ¡iba a tener a mi bebé en el salón de belleza!

¿¡Realmente va a nacer hoy!?

Finalmente llegamos al hospital a la cita médica de rutina. Ya en ese momento cuando venía una contracción tenía que parar y respirar porque así no podía dar ni un paso. Como pude caminé de arriba abajo el hospital, entre chequeos aquí, monitoreos allá… ¿Silla de ruedas? ¡Para qué! Llevaba conmigo el mejor apoyo del mundo, mi esposo.

Ya con todos los resultados regresamos al consultorio del Doctor. Me chequeó, vio los exámenes y nos dijo: bueno, vamos a tener que hacer una cesárea. Yo, como si todavía no me enterara de que mi bebé estaba listo para salir, se me ocurre preguntar que qué día. Obviamente sería unas horas más tarde, por lo que era el momento de hacer el proceso de admisión al hospital y avisar a la familia.

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¡Solo quiero respirar tranquila y pedir a Dios que todo salga bien!

Llegó la hora de conocerlo. Ya habían pasado casi doce horas desde que tuve mi primera contracción, a esas alturas ya eran mucho más seguidas y fuertes. Entre el dolor, el frío del hospital y el temor que conlleva una operación, trataba de concentrarme logrando respirar lo más parecido a como lo había practicado y, al mismo tiempo, en mi mente hay algo tan poderoso que hace que todo pase más rápido de lo que se podría uno jamás imaginar. Eso es Dios.  Solo pensaba que Dios guiara a los médicos, que cuidara a mi bebé y me permitiera salir bien de la operación para poder cuidarle. Realmente eso es lo más vívido que recuerdo en mi mente durante ese momento.

Así concluyó ese día maravilloso en que nos convertimos en tres. Cada parto es una historia diferente y cada mujer tiene la suya. Este es un momento tan íntimo y especial que los pensamientos de cada una son distintos. Sin embargo, me atrevo a afirmar, que la mayoría de las mujeres, por no decir todas, luego de tener a su bebé en brazos por primera vez entendieron, como yo, lo que es el milagro de la vida y pensaron en lo dichosas que son de poder ser parte del mismo.

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Fotos de archivo.