Hace 7 años, llegó a mi vida el momento más especial y singular, ser mamá. Comparado con otras madres primerizas, tal vez, yo lejos de estar llena de felicidad estaba llena de miedos. ¿Lo haré bien? ¿Será que puedo?

Por Janett Díaz 

No creo que esos cuestionamientos sean extraños cuando tienes en brazos una nueva vida, frágil y diminuta. Luego vinieron los días complicados… La adaptación, el trasnocho y los dolores post cesárea.

Lo que parecía el cansancio normal de una mamá de una bebé de meses, duró hasta su segundo cumpleaños. No sólo era cansancio, ya era insomnio permanente, letargo mental y dolores de cuerpo increíbles. No importaba el medicamento que tomara, simplemente no se iba.

Los pensamiento venían a mi cabeza

Traté de ocultarlo llevada por el sentimiento de culpa. «Soy una débil», me decía a mi misma. «No puedo estar así». Lo sobrellevé hasta el día que no pude levantarme de la cama. Me invadía un dolor que jamás había experimentado. Era una mezcla de dolor con un drenaje de fuerzas absoluto. Mi cuerpo se había apagado.

Después de varios exámenes de sangre, analgésicos y pruebas llegó el diagnóstico: fibromialgia con síndrome de fatiga crónica. Conversando con mi médico nos dimos cuenta que desde chica ya presentaba algunos de los síntomas clásicos como el insomnio (nunca he podido dormir bien).

¿Cómo llegué aquí?

Atrapada en un cuerpo que se sentía de 90 años, sin poder, en mis peores días, levantar el brazo para cepillarme los dientes. Sentir como mis rodillas crujían, ardían y temblaban cuando me agachaba a recoger a mi hija del piso. Mi mundo había cambiado. No con el diagnóstico, pero con la noción de que mi condición era crónica y que se controlaba, más no se curaba.

Así que me tocó re-aprender cosas de mi misma… mis límites, mis habilidades y mis evidentes debilidades. Aprendí a tener una rutina a la que mi cuerpo pudiese acostumbrarse. Aprendí cuando esforzarme y cuando no, aprendí el valor de pedir y recibir ayuda. Aprendí que los flats también son elegantes, aprendí a oír a mi cuerpo pero sobretodo aprendí como ser mamá de nuevo.

No puedo correr sin parar, no puedo levantarla en brazos y tirarla al aire. No puedo cargarla por mucho tiempo ni puedo escalar en el parque. Pero si puedo sentarme a pintar, leer los mejores cuentos, jugar al maquillaje o hacer popcorn y ver películas.

Mi condición cambió muchas cosas, pero me regaló otras: el valor de la paciencia, a mantener la calma, a simplificar las cosas, a aceptar mis limitaciones, a multiplicar mis fortalezas y como dirían «disfrutar más del paisaje».

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