“Papá y mamá han decidido divorciarse, ya no serán más esposos”: esa fue la frase más temida por mí, pero a la vez liberadora.

Había pasado un año desde que decidí mudarme de cuarto y opté por el de visitas. Obviamente había pasado más de un año desde que yo empecé a quererme más como mujer y a salirme de esta relación.

Dos meses después de mi mudanza de cuarto, él decidió buscar la reconciliación de una forma con la que yo no estaba de acuerdo, porque otra vez me sentía pisoteada. Fue luego de ese evento que llamé al abogado que había dejado en pausa, esperando que todo se arreglara o tal vez solo una disculpa de todo lo acontecido.

Así empecé mi divorcio, él no quería salir de la casa porque él consideraba que yo no podía vivir sola con nuestros dos hijos. Y tampoco quiso darme la custodia de los niños porque alegaba que si viviendo con él me desesperaba con los niños porque no recibía ayuda, sin él sería un caos mundial.

El día de la cita en el juzgado mi abogado no apareció y estuve yo sola en aquel cuarto frente a su apoderado y me negaron la custodia de mis hijos porque al no tener representante legal, mis argumentos no podían ser tomados en cuenta según la ley y cerraron el caso.

Yo salí y el abogado aquel me llamó al celular una hora después y me dijo “estoy aquí afuera, pero no me dejan entrar”. Le dije: “La audiencia terminó y no tengo la custodia de mis hijos”, a lo que le respondió: “Bueno, ahora hacemos otra orden…”, lo interrumpí y le dije: “Contigo no trabajo más”.

Volví a mi oficina convencida de no ser apta para cuidar a mis hijos y que esta era la forma que tenía el universo de decírmelo. Lloré abrazada de mi compañera de trabajo, luego lloré abrazada de mi almohada. A los días, luego de procesar mi pérdida llamé a mi tío para que me ayudara a conseguir otro abogado y varias entrevistas después tomamos la decisión. Yo estaba cansada de pelear y decidí acceder a los términos que mi esposo en ese entonces me había dado.

Durante todo este tiempo yo seguía en el cuarto de visitas, la pensión se estableció, la custodia sería compartida y el mutuo se firmó para seguir el trámite. Según la ley él no se tenía que ir de la casa, ni yo tampoco; aún así yo tomé la decisión de mudarme con mis padres, a donde los tres dormiríamos en un cuarto, pero avanzaría y me alejaría de algunos eventos de los que yo no estaba dispuesta a soportar.

Así fue, le dije “Me voy a mudar con mis hijos donde mis padres y una vez se venda la segunda propiedad decidiremos quién compra la mitad de esta”. La noticia se la daría al inicio del año siguiente para que tuvieran unas felices fiestas de fin de año y mientras tanto me tocaría vivir divorciada bajo el mismo techo de mi ex esposo.

Al pasar diciembre nos sentamos los cuatro y yo dije: “Papá y Mamá han decidido divorciarse, ya no serán más esposos, pero ustedes no tienen la culpa de nada. Nosotros los amamos”. Yo tenía tanto miedo de lastimarlos, pero tal vez, más los lastimaba esta relación que había terminado. Mis hijos lloraron, el grande a los minutos me dijo “Te quiero mami”, el pequeño no quiso saber de mí por un rato y luego me dijo que ya podía abrazarlo.  He aprendido a respetarme como mujer y a saber que sí soy apta para cuidar a mis hijos, aún cuando muchos días entro en pánico y dudo de  lo que estoy haciendo.

Aunque al termino de esta nota me falta un mes para la mudanza, sé que vienen días grises y que mis hijos están en edades difíciles, yo soy una mujer de fe. Eso fue lo que más me quedó en todo este tiempo, orar sin medidas, ir de rodillas al santísimo, las manos de esos familiares y amigos reales que no te sueltan.

Anónimo

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