Soy inmigrante desde hace 5 años y aún y cuando jamás estuvo en mi proyecto de vida serlo, hoy día es una experiencia que agradezco profundamente. Me ha permitido conocerme a mí misma, entender el mundo desde su diversidad, aprender de distintas culturas, y motivarme continuamente a crecer y ampliar mis horizontes para actuar y transformar mi ser y mi entorno directo en consecuencia.

Por Vanessa Montilla – @vanemontillaf

Debo comenzar por confesarles, que ya no me tomo literal la definición del termino inmigrante, pues me gusta más pensar  que somos ciudadanos del mundo. Sin embargo, este tema es contenido para otro artículo más seriecito. Volviendo al título de hoy, y aprovechando que cuento con su compañía lectora, voy a contarles  «5 experiencias chistosas y no tan graciosas de ser inmigrante…»

¡La mayoría dignas de un buen Trágame Tierra, por supuesto!

#1 Mi experiencia migratoria, inició con 3 meses de embarazo y wafles en toneladas (ojalá y fueran de los dulces.

Me refiero más bien a esos que te vacían el estomago en arcadas y no por borracha) y para celebrarlo naturalmente mi esposo invitó a sus compañeros de trabajo en la sede de Bogotá (ciudad donde realizamos nuestra primera escala) a mostrarme con mucha alegría el menú del restaurante  «Andrés Carne de Res».

Muy efusivos los anfitriones pidieron el menú entero, ¡ellos no contaban con mi astucia! apenas trajeron el «Lomo al trapo», yo  vomité todo de solo olerlo… ¡Pues sí!, así comenzó mi presentación en sociedad a los compañeros de trabajo de mi esposo… no sé si sea tan chistosa la experiencia… al menos quedó más comida para ellos jajaja.

#2 En mi primera semana en Panamá, no podía dejar de conocer el casco antiguo y según los amigos locales mi experiencia no estaría completa sino me comía un raspado. Pues yo como buena chama, voy y le digo al vendedor, al que accedí luego de hacer mi respectiva fila de 10 minutos bajo el sol, que me diera «un raspao de colita» todos a mi alrededor comenzaron a reírse y yo no entendía que pasaba, hasta que el generoso vendedor me preguntó que si yo sabía lo que era «colita» aquí (y bueno pensándolo bien en el mundo entero excepto en mi mente)… que comprendía que era de Venezuela, pero que cuando pidiera mi próximo raspado me asegurara de decir fresa… obvio, no volvió a pasarme.

#3 En esta misma línea, los primeros días, me cansé de pedirle «un pitillo» a cuanto mesero conocí, siempre se reían y no entendía porque, hasta que un alma noble y bondadosa me explicó que la palabra correcta era «carrizo». En mi país,  yo habría mandado al «carrizo» (que en mi patria significa, lugar muy muy lejano de dudosa existencia) a todos los que se burlaron de mí.

#4 Ya más adaptados en nuestra nueva casa, y cerca del nacimiento de mi hija, nuestra mascota Honey vino a hacernos compañía, salí yo muy perfumada a pasearla y la graciosa no hizo una torta de cumpleaños, sino 4 pero además de todo, muy «elitesca» ella. Escogió hacerlas en la entrada del antiguo Hotel Trump, yo no hallaba como hacer para recoger toda aquella batalla de mi inolvidable cocker. Se acerca un señor y me dice: «joven quiere un cartucho» y yo: ????, vuelve el señor: «que si quiere un cartucho», en mi país, cartucho es el depósito de las tintas de las impresoras o donde e cargan las balas de las pistolas. Mi cara era similar a la de Adán el día de las madres, y le digo «bueno, ganas de pegarme un tiro no me faltan, que pena señor» y el me alivia la vergüenza con una sonrisa y me dice sacando una bolsa de su bolsillo «señorita acá en Panamá los cartuchos se usan para recoger el popó de las mascotas» Ups!! siii quiero un cartuchoooo!!

#5 ¡Cerrando con broche de oro, y miren que si me dan cuerda tengo como extender mis Vanessadas!

Viví una experiencia chistosa y no tan graciosa, al migrar de mi vida de casada a mi vida de madre y es que justo estaba yo en mis primeros días de lactancia, donde descubres para que sirven las tetas y no sabes si eres dos lolas con piernas o una mujer, y luego de amamantar a mi hija, subo rápidamente al ascensor de mi edificio con ella cargada, los vecinos comienzan a reírse y a hacerme señas  mirando mi pecho, yo no entendía nada, como cosa rara ya saben… Pues iba yo practicando aquello de «mostrarse tal como uno es» con una lola colgando afuera. ¡Que buena presentación, creo que ninguno olvidó mi cara después! jajajaja

Espero hayan reído tanto como yo de estas experiencias, la verdad tengo para lanzar al cielo y en medio del oso que han representado las agradezco, porque me han permitido aprender más de la cultura local y disfrutar la chispa de su gente, que comparte con la nuestra esa picardía latina que tanto nos alegra el alma y nos recuerda la importancia de reírnos de nosotros mismos.

Gracias por leerme, les espero para seguir compartiendo experiencias es @vanemontillaf y en www.vanessaferrerstore.com